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El Sótano

  • Foto del escritor: Alfonso Delgado y compañí
    Alfonso Delgado y compañí
  • 16 abr 2020
  • 2 Min. de lectura

Por. Verónica Delgado Oviedo.



En ninguna de las casas en las que yo he vivido pude bajar a un sótano. Supongo que ha de ser como tocar fondo. Sí, literalmente pisar terreno firme.


Bajar por peldaños crujientes y angostos y llegar a ese espacio misterioso y fascinante, ir haciendo a un lado con brazos y piernas, telarañas y obstáculos, hasta llegar por fin al monumental baúl oscuro, donde se confunden los tesoros con los objetos inservibles de la casa.


Lo mejor y lo peor ahí amalgamados: diarios que narran largas historias de familia desentrañando secretos atesorados por años, vestidos viejos y amarillentos, herramientas y cacerolas. Pañuelos bordados con cabellos de mujer, resaltando iniciales en letra cursiva, fotografías color sepia que tendrían algunos rostros recortados y otros en cambio, marcados con un círculo indeleble; acuarelas en miniatura y retratos al óleo, carpetas tejidas con finísimas hilazas, pedazos de azulejo, lavabos viejos, botellas de refresco.



Encontraría tal vez pequeños frascos de distintos tamaños, que quizás guardarían clavos, empaques, tornillos, armellas y junto a ellos una Virgen de madera tallada y unos binoculares en su estuche desgastado —que a lo mejor se usaron un día para ver de cerca a los trapecistas de algún circo.

A unos metros del baúl, me toparía con la hermosa lámpara antigua sin pantalla y un jarrón empolvado al que se le alcanzaría a apreciar el fino borde dorado; dos marionetas sin sus hilos y una bolsa con tubos de pintura endurecida, pinceles de todos los tamaños, madejas de estambre y retazos de telas deshilachadas por el tiempo.


Ahí hallaría también revistas viejas, una carriola azul marino, cuadernos con recetas escritas a mano, libretas y libros deshojados, partituras, guitarras con las clavijas rotas, algunos suéteres a medio tejer, medicinas caducas, una pequeña armónica y la flauta de plástico partida en dos…

Entonces seguramente me detendría un momento a comparar y pensaría que cuando decimos: toqué fondo, realmente caminamos sobre las baldosas del sótano de nosotros mismos, ahí vamos descubriendo la luz y la sombra que conforman nuestro ser, tenemos un encuentro interno donde reconocemos,


apreciamos y rescatamos nuestros defectos y cualidades, nos disponemos a aprovechar al máximo los recursos con los que contamos y estamos listos para subir al mundo totalmente renovados.

Después alguien me llamaría desde arriba y yo voltearía a ver la alfombra de luz sobre la escalera, cerraría con cuidado el baúl y subiría de dos en dos los desgastados peldaños.



 
 
 

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